Opinión

LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO

Quien nos iba a decir que aquellas clases, extraordinarias en la forma, de sociología, cuyo contenido nos parecía pesimista y muy alejado de la realidad posible, es decir, casi ciencia ficción, acabarían siendo casi proféticas, y digo casi porque en poco se equivocaba aquel padre dominico en el panorama que intuía para un futuro a medio plazo. Así es, que pasado veinticuatro o veinticinco años, no hay más que abrir las redes sociales o medios católicos, los medios generalistas no pierden el tiempo en estas cuestiones, para toparnos con la descarnada realidad: El cristianismo sufre a nivel mundial una de las persecuciones más brutales, y han sido muchas, de la Historia. Las matanzas de cristianos en algunas zonas ha alcanzado el triste rango de genocidio, Su Santidad El Papa Francisco ha afirmado que el número de mártires actuales supera al de las primeras persecuciones, algunos de ellos han alcanzado la palma del martirio en el corazón mismo de la cristiana, de momento, Europa.

Siendo esta persecución violenta, la manifestación más evidente de una campaña muy organizada  y calculada puesta en marcha por colectivos muy poderosos  y ejecutadas por  “grupos de presión” controlados y financiados por los mismos, incluidos prestigiosos medios de comunicación, contra el cristianismo en general y el catolicismo de forma particular, no es la única forma de persecución, existe otra forma mucho más sutil, “políticamente correcta”, que persigue encorsetar el derecho a la libertad de culto, de manera especial al culto católico con propuestas legislativas varias y adoctrinando contra la “pérfida Iglesia Católica”, amparados en la libertad de cátedra y expresión, con argumentos tan demagógicos como falsos, inoculando un odio artificial e injustificado cuyo fruto lo podemos ver a diario: Asaltos a lugares de culto, profanaciones de Sagrarios y “exposiciones artísticas” con Sagradas Formas consagradas robadas en numerosas misas, quemas de Iglesias en Chile, ataques violentos a Catedrales en Argentina, al menos treinta sacerdotes asesinados en México, pintadas en templos del estilo “ la única Iglesia que ilumina es la que arde”, “arderéis como en el 36”, o gritos en manifestaciones como “ vamos a quemar a la Conferencia Episcopal” y un penoso etc, de uso de “libertad de expresión”. El laicismo avanza, Europa se descristianiza y corrientes ideológicas de variada índole van ocupando el espacio que otrora ocupara el cristianismo durante siglos.

Esa es la realidad con la que nos despertamos cada día, pero lo más doloroso de todo es constatar que muchos, la mayoría me atrevería a afirmar, de los militantes de esos “grupos de presión” no nacieron en senos de familias tradicionalmente ateas y convencidos laicistas, sino que provienen de familias que han profesado la Fe católica durante siglos, ¡son Hijos adoptivos de Dios y su Iglesia por El Bautismo y que incluso han recibido los demás sacramentos de la iniciación cristiana! Pero uno no se acuesta creyente un día y se despierta ateo militante al otro, es un proceso en el que intervienen muchos factores y cada uno habrá tenido su proceso, aunque similar, distinto. Lo que sí podemos afirmar es que la causa última y efectiva, común a todos ellos, es que en algún momento de sus respectivas vidas dejaron de frecuentar los sacramentos y dejaron de escuchar La Palabra de Dios.

Porque como el cuerpo necesita alimentarse con la frecuencia debida y de los alimentos adecuados para seguir viviendo, La Fe don gratuito de Dios en el Bautismo necesita ser alimentada con la frecuencia de los sacramentos y La Palabra de Dios, de lo contrario al final acaba debilitándose y muriendo, convirtiendo a la persona en objetivo fácil del adoctrinamiento por tal o cual línea de pensamiento. Este proceso  sin lugar a duda es digno de un profundo estudio teólogo-pastoral e incluso sociológico del asunto que nos ocupa, pero sin ser ni teólogos, pastoralistas ni sociólogos, y sin mayores pretensiones, desde la sola experiencia podemos intuir dos líneas básicas de conducta del cristiano que nos pueden conducir a una situación de desencanto y abandono:

 

1. El cristianismo a la carta.

Ser un cristiano coherente y fiel no es fácil y no la ha sido fácil en ningún momento de la Historia, entre otras cosas porque arrastramos esa debilidad ante el mal consecuencia del pecado original que supone una merma en nuestra fortaleza, pero serlo en una sociedad regida por la dictadura del relativismo, “ Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja sólo como medida última al propio yo y sus apetencias” 1 es aún más difícil si cabe ya que  influenciados por el mismo muchos cristianos  van moldeando las exigencias evangélicas en función de sus apetencias personales o de la moda imperante en cada momento. “El poder, la economía, el placer, rigen la sociedad. Esto siempre se produce en perjuicio de los más débiles, de los que tienen menos recursos. Es lo que Francisco llama la sociedad del descarte. Al final, es la imposición de unos sobre otros. En un contexto relativista no impera la tolerancia, sino que se impone el más fuerte...se destruye esa red de contención que son los derechos humanos universales, las verdades comunes” 2. De tal manera si una norma de vida o práctica de piedad no concuerda con lo que me pide el cuerpo o con el estándar socialmente admitido dejo de cumplirla sin ningún tipo de problema, que La Iglesia no está socialmente bien vista prescindo de ella, el recurso tan manido de creo en Dios pero no en La Iglesia, como si la Fe en Dios se pudiera adquirir en el estanco de la esquina. Reduciendo la capacidad de lucha progresivamente hasta convertirse en cristianos aburguesados, cristianos de sofá como los llama Papa Francisco, o cristianos ocasionales, estacionales o de fin de semana, es decir, son cristianos lo que dura la misa dominical, los cultos anuales o en el peor de los casos son cristianos cuatro días en la vida: el del bautismo, el de la primera comunión, el de la confirmación y el de la boda. Es como cuando nos cambiamos de traje en función del acto al que vamos a asistir, hoy toca ir a misa porque es domingo nos colocamos el traje de cristiano y una vez que termina la ceremonia nos lo quitamos y guardamos en el armario hasta el domingo siguiente con toda la naturalidad, sin problemas de conciencia. Al final tanto modifican  el traje que llega un momento en el que se quedan sin tela, o lo que es lo mismo cada vez asumen menos compromiso hasta que dejan  de tratar al Señor en los sacramentos y en su Palabra con frecuencia. 

 

2. El activismo.

En algunos colectivos cristianos nos encontramos una actividad frenética, se organizan diversidad de eventos de naturaleza variada en los que se ponen mucho empeño y generosa dosis de buena voluntad en la mayoría de los casos. Pero al igual que cuando hacemos ejercicio físico en una cinta estática, con mucho sacrificio y esfuerzo, en la que podemos hacer muchos kilómetros pero sin habernos movido del mismo sitio, si toda esa actividad no está ordenada al mejor conocimiento de Dios, de su Palabra, La Doctrina de La Iglesia y a  La Evangelización, como fruto de una vida de oración intensa, seremos unos dinamizadores y gestores de actividades fantásticos pero para eso ya están las asociaciones culturales o deportivas. El mismo análisis podemos hacerlo a la acción caritativa, si esta no es impulsada por una experiencia íntima de Dios en la oración personal frecuente y en la lectura de su Palabra, que nos revele en el pobre material o moral y en el enfermo al mismo Cristo sufriente, nada diferencia nuestra labor de la de cualquier persona o colectivo con buena intención y capacidad de iniciativa que por mera solidaridad dedique tiempo a ayudar a personas débiles y descartadas por el resto de la sociedad. Con el peligro añadido de que si  vaciamos de Dios nuestra acción su hueco lo ocupan las vanidades e intereses meramente humanos y ya sabemos por experiencia que esta situación acaba llevando al desencanto y al abandono en demasiados casos.

Ciertamente vivimos momentos difíciles pero no es tiempo de lamentaciones y de corazones encogidos sino de corazones valientes y generosos como el de San Pablo, “Qué es el hombre, cuan grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a compartir su gozo, diciendo: Estad alegres y asociados a mi alegría; y al pensar en sus peligros y oprobios, se alegra también y dice, escribiendo a los corintios: Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas cosas armas de justicia, significando con ello que le sirven de gran provecho” 3. No es tiempo de esperar sentados cómodamente a que vengan a nosotros, a ejemplo de nuestro Santo Patrón salgamos a las calles y caminos a predicar la alegría del Evangelio porque son muchos los que nos esperan con sed de agua fresca. No es tiempo de conformarnos con conservar lo que ya tenemos, que también es importante, sino de salir a las periferias existenciales como nos invita Papa francisco para saciar la sed de Dios que muchos, más de lo que nos podemos imaginar, tienen. A veces no tendremos que caminar mucho para llegar a esas periferias, pues las tenemos en la familia, en el grupo de amigos o en la Hermandad, y quizás lo más conveniente sea comenzar por aquellos a los que tenemos más cerca. “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” 4. Vivimos un tiempo de conversión, de encuentro con El Señor cara a cara, de conocerle y aprender a amarle, porque no podemos transmitir lo que no vivimos. Hemos de ser luz que ilumine el camino a otros, pero para ser luz debemos dejarnos iluminar nosotros por la auténtica Luz, Cristo. Es tiempo de formación porque un maestro no puede enseñar si no domina la materia y todos estamos llamados a ser maestros, sabiendo aprovechar con buen criterio y responsabilidad los medios que nos facilita La Iglesia e incluso tenemos el derecho y la obligación de reclamarlos si no tuviéramos acceso a los mismos. Despertemos del letargo y salgamos de la comodidad, salgamos de nuestras respectivas torres de marfil y dispongamos nuestros corazones a la entrega, a dejarnos moler como la semilla para dar trigo. Son tiempos difíciles pero apasionantes, porque son muchos los retos que se nos plantean y los cristianos estamos entrenados en la lucha, ¿acaso no luchamos todos los días con el pecado? Y no nos rendimos, porque nos sabemos acompañados por Dios, porque nos sabemos amados por Él a pesar de nuestras debilidades y miserias, porque La Iglesia no es un exclusivo club de personas puras y castas sino un hospital de campaña, como la define descriptivamente Papa Francisco, donde se curan las heridas del alma y donde tienen cabida todos por muy pecadores que sean. Así aunque caigamos y volvamos a caer, seguimos luchando y esa capacidad de lucha es la que forja santos y todos estamos llamados a la santidad, “Como hijos obedientes, no conforméis vuestra vida a las antiguas concupiscencias del tiempo de vuestra ignorancia, sino que así como es santo el que os llamó, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, conforme a lo que dice la Escritura: Sed santo, porque Yo soy santo” 5 y debemos desear la santidad con todas nuestras fuerzas ordenando todas las acciones de nuestra vida ordinaria en la dirección de ese propósito, así realizando por amor a Dios las pequeñas cosas y sabiendo ofrecer luchas del cotidiano con naturalidad y sencillez sin necesidad de grandes actos heroicos, sino venciendo las pequeñas dificultades que se nos van planteando, con la alegría y la paz que nos da el  sentirnos Hijos de Dios, nos iremos santificando en nuestro trabajo, en el estudio, en la familia, en el grupo de amigos, en la Hermandad... esa búsqueda de la santidad nos llevará a frecuentar cada vez más al Señor, a querer conocerlo y amarlo con mayor fuerza, nos iremos configurando con Cristo, La Luz que saca al mundo de las tinieblas y nosotros mismos nos iremos haciendo luz y sentiremos la necesidad de compartir con otros la felicidad que nos produce, como en la liturgia de la vigilia Pascual cuando se enciende el Cirio y nos vamos pasando la luz unos a otros pero hecho vida. “El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de San Pablo: “El amor de Cristo nos apremia” 6; “¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio! 7.

Como Corporación tenemos una oportunidad histórica de ser instrumento útil de evangelización, ordenando toda nuestra actividad al mejor conocimiento de Dios, su Palabra y La Doctrina de La Iglesia, en continua  oración, viviendo santamente los sacramentos y ejerciendo la caridad cristiana. Nuestro principal proyecto debe ser La Evangelización, todos nuestros esfuerzos deben estar dirigidos en esa dirección. No es tiempo de limitarnos a hacer convocatorias y esperar a que vengan, sino de salir a su encuentro, haciendo un uso santo del censo de hermanos: visitarlos, conocer sus necesidades e inquietudes, interesarnos por su vida espiritual, visitar a los enfermos periódicamente y comunicar al párroco el nombre y dirección para que los asista y por supuesto transmitirles la alegría del Evangelio. “Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor,8. “la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas... Y ojalá el mundo actual- que busca a veces con angustia, a veces con esperanza- pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo9.

José Fernando Rosado Borja



1 Card. Ratzinger, homilía de la misa anterior al cónclave 2005.

2 Mons. Mariano Fazio, entrevista Aleteia.

3 San Juan Crisóstomo, Obispo. Homilía 2 sobre las alabanzas de San Pablo

4 Exh. Apos. Evangelii Gaudium, Papa Francisco

5 1Pe 1, 14-16

6 2Co 5,14

7 1Co 9, 16

8 Exh. Apos. Evangelii Gaudium

9 Pablo VI. Exh. Apos. Evangelii Nutiandi